Reflexiones contagiosas
Por Naiara Teixeira, estudiante de FHCE y del Instituto Tecnológico Superior (UTU Buceo)

Se puede escuchar en el aire la trillada frase de: «No tener opinión o postura, es también tener una opinión o una postura», o sus variantes. Lejos de utilizarla como dedo incriminatorio hacía el que cree no tener opinión, se puede usar entonces para entender qué agentes, si no es uno mismo, aparentemente, son los que dictan esa postura.
Esto es una escasa reflexión sobre un tema muy interesante, que tanto tiene que ver con el inconsciente. Vivimos en la realidad, pero conocerla no es tan fácil, nos valemos de intermediarios para ello. Platón, en la Alegoría de la línea, —muy relacionable con la Alegoría de la caverna, que es un concepto más popularizado—, plantea niveles de realidad, un «camino hacía el conocer», y aunque tenía un problemita grave con las emociones, los sentidos y el cuerpo —que se ven demonizados en su planteo— dice algunas cosas interesantes que me dispongo a relacionar.
En este posible recorrido, Platón distingue la ignorancia, la opinión y el conocimiento; la primera, es casi que un camino imposible de recorrer, no es nada, es inaccesible. Y la última, el conocimiento, un final al que parece casi imposible llegar, tema de filósofos, actividad únicamente racional y no sensorial. La del medio, la opinión, es la que nos interesa ahora. Es la que más habitamos, donde existe la contradicción y los matices, lo que puede, o no, ser conocimiento, aún no lo sabemos, pero siempre existe; creo que Platón estaría de acuerdo con que es imposible no tener una opinión, porque «no tenerla» es también una.
¿Cómo habitamos la opinión? Ya que ella puede o no llegar a ser conocimiento, (una verdad). La opinión es algo que puede cambiar y que es fácilmente influenciable, sobre lo que tenemos poco control, pero que moldea nuestra realidad, algo que la mayoría de las veces, tenemos sin haberla elegido. ¿Cómo empezamos a elegir nuestra opinión? Conociendo cómo se forma, con la seguridad de que si no la formo yo, igual va a estar formada pero lejos de mi consciencia.
La opinión no la estamos tratando como una frase o como algo que se puede decir, lo que sería «opinar», sino que la tratamos como algo más parecido a una ideología, una forma de ver la realidad y de habitar en ella que todos tenemos. Para hablar de los agentes que intervienen, vamos a hablar desde dos lados; la comparación con otros y el arte.
Compararse es una palabra con mala reputación, asociada a la competencia, con la que sí tiene que ver, pero no la define, la comparación es el acto de observar varias cosas, identificando diferencias y similitudes, muchas veces con el afán de poder elegir entre las cosas. Los otros, son el punto de partida de la construcción individual, terminando en la construcción colectiva, es un ciclo natural. Hay que comenzar por observar con quién o con qué te estás comparando; por qué los entornos nos aíslan y nos modelan, es inevitable, pero no lo es ser consciente de ello, y poder empezar a elegir.
¿De qué me estoy contagiando?
Bajemos a tierra. La solidaridad y la generosidad se contagian. La persona generosa genera admiración, y ganas de devolverle el gesto, nos nivelamos continuamente, las tendencias realmente genuinas del humano siempre van a tender a la equidad, pero solo una vez que conozca sus fortunas. Volvemos al inicio, vivimos en la realidad, somos algo, el conocimiento quizás existe, pero no lo conocemos por completo, nos valemos de intermediarios para ello; ahora hablamos de la comparación. Vale la pena mirar al otro, inspirarse de ello o cuestionar-se de ello. Si no reconozco la solidaridad en el otro, es fácil pensar que no existe, y aún más fácil no ser generoso, porque no está formando parte de mi realidad, no me contagio de ello, y quizás, te estás contagiando sin saberlo, de una realidad no solidaria.
¿Y el arte? ¿No es contagiar la esencia más intrínseca en el arte?
Resulta gracioso volver a Platón para hablar del arte, desde mi muy humilde comprensión de su propuesta, no lo estima demasiado ni le dedica un exhaustivo análisis, pero sí reconoce en él un poder educativo, quizás planteado como peligro educativo.
Coherente con su inherente ambigüedad, Platón sitúa el arte en el nivel más bajo de realidad, (dentro de la opinión y la creencia), sin embargo, es a la vez por donde empezamos a conocer la realidad, lo primero con lo que tenemos contacto en nuestra vida, lo primero que nos empieza a contagiar. Lo llama la Eikasía (εἰκασία) y lo asocia con las imágenes, interpretadas como ilusiones o imitaciones de la realidad, como lo puede ser una pintura, un poema, una obra de teatro, o una película.
El cine es, dentro del arte, el que más nos contagia. Resulta que refleja la realidad de forma tan palpable, que adquiere una responsabilidad enorme con respecto a la educación que otras artes no tienen. Me encantaría ver la reacción de Platón ante el cine, máximo exponente de las apariencias de la realidad, que tanto nos pueden acercar a la realidad y el conocimiento —en mi opinión—, pero principalmente cómo nos puede alejar y confundir sobre ella —probablemente la opinión de Platón—.
Sin intenciones de restringir, controlar y delimitar el arte, —como lo hacen las propuestas Platónicas—, vale rescatar volvernos conscientes de nuestro camino hacia la verdad, por ahora y quizás por siempre, solo conformada por opiniones. Opiniones que se cuajan en el inconsciente mirando cine y en la comparación con otros. Conocer un poco más mis opiniones —esas que creo tener y las que creo no tener—, no solo me da la libertad de empezar a elegir de qué me contagio, también comienzo a pensar qué le puedo contagiar al otro, que estoy contagiando, y de esta forma, qué realidad colectiva estamos construyendo, si una consciente y elegida o una construida a nuestras espaldas.
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