Crónica del 14
Por Dante Cerri, estudiante de FCS y FHCE
La marcha desde la marcha
Es uno de esos días que no se sabe muy bien cuando comienzan. Tal vez el año pasado, cuando llegando a la plaza Primero de Mayo la tamaña marcha se abre para uno cuando mira para atrás. O quizá comenzó cuando en el diálogo con la poblada estudiantina circundante, volviendo a casa acompañado, o días más tarde en el plenario cuando finalmente la opinión hace metamorfosis y se vuelve discusión y de ahí pasa a resolución, por lo menos, a veces.
Para algunos se comienza meses antes, divisando que la fecha se viene y que solo empezando a mover voluntades y discusiones un año más el Movimiento Estudiantil organizado va a poder marchar junto en la calle. Entonces empieza a desplegarse sobre nuestro frío agosto numerosas actividades. Al mirar las manos tal vez manchadas de pintura, o la ropa con engrudo al pegar los afiches, los apuntes de las múltiples charlas a las que se concurren y los ojos, un poco gastados quizá por el visionado de una generación que parece tan lejana y que, sin embargo, se sentaba en el mismo banco en el que ahora esperamos la marcha.
Hay sonidos desde temprano, una guitarra acústica o quizá un teclado, probablemente las dos. Secundaria se adueña del famoso «callejón», sus banderas custodian la pequeña muchedumbre que de a poco va germinando. El movimiento de cabeza deja paso a la reivindicación oral, la canción al cantico. Y esas banderas que custodiaban suspendidas, esas de artesana estructura, ahora se encuentran con la caña y flamean al calor del «agite».
Dejamos atrás ya la Universidad y partimos la avenida, esa que cambia nombres y que ahora nos divide la pancarta con planificada antiprotesta francesa. Un ministerio, dos ministerios, una intendencia y un codicen son marcas en la memoria, primeras reasignaciones o el último de los gritos y justo cuando doblamos en esa última esquina nos paramos y silencio. Tomamos contacto con esos nombres sin apellidos, los apellidos son para ellos, los que tienen y explotan, los nuestros se dicen a grito pelado mientras reafirmamos su inmortalidad en la lucha.
Llegamos a la plaza, después de tomar como casi sin querer los alrededores del cada vez más frío mármol legislativo. Vuelven esas visiones de la «peña» de secundaria, si bien la música, los gritos y el baile parecen imponerse de forma irrefrenable, al ritmo de pericón para la música. Se impone en voz de uno cualquiera, del que ayer estaba en mi clase, del que ayer me trajo agua en una asamblea, de quien hoy sube con ese papel tocado por mil manos y leé una proclama.
Se hilan, en esas voces metalizadas por el micrófono, una decisión que se vuelve irrevocable. Tal vez porque cuando se va acercando el 14 comienza en paralelo a todo la síntesis de cómo nos vemos a nosotros mismo, el Movimiento Estudiantil frente al Movimiento Estudiantil. Albañilando grandes relatos sobre cómo contar nuestra historia, sobre quienes son los mártires, quién los mató y por qué. Pero no es solo un enfrentamiento en la forma de contar, sino también en la forma de hacer. Y otras vez las benditas preguntas: quién la hace, por qué lo hace y cómo lo hace. La propaganda como lugar de disputa por ese rumbo, esos acentos y en definitiva una síntesis que se construye en torno a esa fecha. Organizar no es un verbo simplemente, es una metodología, es una tensión constante que se acelera hasta finalizar la primera quincena de agosto. Esa locura apresurada se para, ahora es proclama. Sin una excesiva carga, sin ser lo más escuchado, sin ser lo más recordado; simplemente ahora la forma que se adopta es esa y por esas gargantas se filtran los debates.
«La misma lógica que históricamente ha querido silenciar a nuestros mártires, que ha buscado mercantilizar el saber y privatizar la esperanza, es la que bombardea Gaza, Cisjordania y el Líbano». Pone arriba de la mesa la coordinadora de los gremios liceales, como reviviendo la columna vertebral de la militancia estudiantil. Se acomoda la campera y piensa en el «fuera Johnson» que desplegaba el propio Liber desde el techo de la universidad. Pero si gira la cabeza está llorando, alguien que está sentado y acostado en un hombro, tal vez recordando a todos esos que instruidos por el imperialismo acribillaron a Ibero cuando volvía de estudiar o a Santiago cuando la JUP entraba a tiros en un liceo y le tocaba recibir una bala por la espalda. Mientras tanto, entre las cabezas apretadas, indistinguibles, emana firme y ondeando una desafiante bandera Palestina.
La Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay suscribe las palabras y avanza. Si Zitarrosa cantaba «Dice que hay revoluciones / Técnicas y de verdad / Pero a la universidad / Le debe tres mil millones» hoy el presidente redobla la apuesta. Los universitarios nos hablan de datos, pero de esos datos que duelen, de los que patean en el estómago a la educación pública y por algunos segundos no la dejan respirar. No somos prioridad sentencian y casi que dispara contra el edificio, ese que está enfrentado con la causa, al cual venimos de borrarle la rotonda que nos separa. Ahí va la Universidad con paso dolido, pero resistiendo, diciendo que este no es el único mundo posible.
¿Empezar? El 14 para quienes van más de 20 días ininterrumpidos de ocupación es más un evento en esa larga travesía que es enfrentar con lucha lo que no se acepta como justo. Ese sí que va de norte hacia el sur, retomando aquel paso dolido. En cada IFD, en cada CeRP, en cada Instituto Normal se levanta con asamblea una resistencia ante las aparentemente implacables ofensivas contra la educación. Pesaban diferente en el escenario aquellas personas, los que escribieron la proclama antes de dormir en los fríos suelos de los salones. Los que soportan un día sí y otro también los ataques de todo un sistema política, que jugando con los medios de comunicación ponen en marcha una campaña para desarmar las ocupaciones. No lo logran, saldrá esta revista y seguirán ahí, demostrandonos que los únicos intereses que defendemos son los nuestros, que la derecha se organizará, que el imperialismo podrá patalear, pero la lógica martiana se impone: «Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan». Quizás en eso piensan esas dos personitas que se aprestan, a un costado del escenario, a hacer uso de la palabra.
A efectos de esta crónica tal vez no sea necesario decir que uno de esos compañeros era estudiante de la Escuela Superior Marítima, y que la otra es parte y responsable de la primera generación que vió a la Escuela Superior de Informática ser ocupada. Quizá no importe que practicarán el leerla al lado de unas bandas que no dejaban recobeco en silencio. Importa un poco más la radiografía de país que la Coordinadora de Estudiantes de UTU levantó ante esa plaza llena, para que con esa claridad todo el mundo la pudiera ver. En menos del primer enunciado ya planteó la cuestión de la seguridad social, y cuando cierta estudiantina está rematando los puntos y aparte con aplausos, los «técnicos» apuntan contra Dan Mitrione. Desde la génesis del Movimiento Estudiantil hasta nuestros días, la proclama habla de trabajo, inseguridad, soberanía, juicio y castigo, recortes y el programa de nuestro pueblo. Y aplauso tras aplauso, bronca tras bronca generada al calor del recuerdo, en ese maremoto de emociones es que esa proclama es incluso más estudiantil. Cuando más sube la cabeza, más estudiantina entra en sus márgenes. Unos estudiantes que vienen del pueblo no pueden hablar de otra cosa. Si es verdad aquello de que se escribe de lo que se sabe, las proclamas tendrían que empezar a codearse con la de UTU.
Algunas cosas se procesan después: las buenas películas, los inesperados besos, los días largos… los 14 de agosto. En el bondi rumbo a esos barrios a los que parece que la intendencia da por fuera de su territorio, harán eco las proclamas escuchadas. Al otro día, cuando se retome la actividad laboral se podrá recordar con añoranza la ebullición de la lucha cuando se marcha unido. Ahora ya es plaza en proceso de vaciamiento frente a los ojos que intentan fijarse en todo pero que realmente solo quieren dormir. Los antes elevados por el escenario, son los que enrollan ahora la pancarta contigo. Comentando eso de que el año no termina, y quizá quejándose de la deshonrosa noticia de turno.
¿Hubo más gente que el año pasado? Una pregunta que sobrevuela por nuestra cabeza, todo parece indicar que sí, pero es irregular la regla para medir esas cosas. Es irregular la marcha. Se frena, se adelanta, pancartas de a montones, médanos de carteles y un telar de banderas. Las ropas varían en todas direcciones, los intereses también. Los enemigos de la organización, los que tienen mucho que perder si la lucha continúa señalan esas diferencias. Le pegan a cada uno que ande solo. Acechantes siempre, pero bien hemos sabido nunca andar solos. No creemos en mitos «robinsonianos» de individuos increíbles que en una torre de marfil alejados toman las decisiones. Allí cuando vemos a un estudiante correr al otro para decirle algo, preguntando si llegó. Observo a los lejos la solidaridad incondicional, pero veo con más nitidez aún esas letras blancas sobre pintura roja: «A nuestros mártires los mató el imperialismo». Firma el Frente Estudiantil Diana Maidanik. La rodea mucha gente. «¿A qué facultad van?» pregunta inocentemente alguien que pasaba, sin saber que le iban a responder con el número de un liceo, el nombre de una UTU y que recién indagando un poco encontraría un par universitario. Se rompe el cristal del militante encasillado, se rompe la fábula de la solidaridad buena. Caen todo los puntos sobre las ies de lucha estudiantil antiimperialista. Profundamente ideológicos, convencidos de la tarea, politizando cada encuentro, militando al fin y al cabo.
Viendo un poco ese panorama es que terminan las notas para la crónica. Imposible resumen de la imposible jornada, imposible para todos menos para nosotros. Este 14 que nos encuentra a 100 años del nacimiento de Fidel, por suerte nos encuentra vivos. Así que después de dar una mano agarro mi mochila. Me voy acompañado, empezó otro 14.
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